Ante todo, la democracia

Ante todo, la democracia

América Latina, y muy singularmente la región Andina, está viviendo tiempos de turbulencia y tormentas: sus pueblos, desde las clases medias más asentadas hasta el proletariado menos favorecido, se sienten genuinamente insatisfechos con sus respectivas sociedades, porque la economía sigue sin despegar y la política no deja de causar incertidumbres y tensiones. Y, por supuesto, la paciencia ciudadana se agota y las esperanzas se esfuman.

Es comprensible, sin duda, esa insatisfacción y también esa ansia generalizada de cambios y mejoras que repercutan en un progreso más confiable, sostenido y equitativo. Varios países del continente desperdiciaron inmejorables –tal vez irrepetiblesoportunidades de lograr que sus respectivas economías se volvieran autosustentables cuando sus productos primarios de exportación (petróleo, cobre, estaño, carne, cereales, soya…) alcanzaron precios extraordinarios en los mercados internacionales. Esos ingresos inesperados generaron grandes expectativas populares, que al final fueron defraudadas y se convirtieron en nuevas frustraciones.

Pero entre esa insatisfacción comprensible y la generación de caos y violencia hay una distancia insalvable. La protesta es, en la democracia, un derecho de los pueblos. Pero cuando la protesta deriva en agresión y vandalismo, como ocurrió recientemente en algunos países de la región, las sociedades se ponen al borde del abismo y de la desintegración. La democracia es, ante todo, un sistema de diálogo, conciliación y consenso, en el que no hay lugar para imposiciones, amenazas y radicalismos.

Está claro, porque así lo ha demostrado la historia, que la democracia liberal, a pesar de sus deficiencias, ineficiencias e insuficiencias, es el mejor de los sistemas políticos, el único que garantiza la vigencia plena de las libertades públicas y, en general, de los derechos humanos. Por eso es necesario protegerla y defenderla, aunque también es urgente mejorarla y, así, lograr el bien común, que es siempre el fin último de la política.

Lamentablemente, la democracia tiene enemigos que tratan de aprovecharse de ella y, si no lo consiguen, que intentan destruirla. Esos enemigos son quienes desnaturalizan las comprensibles protestas ciudadanas y las convierten en asonadas golpistas, incluso con oleadas de vandalismo. Pero, por encima de esos extremismos, la democracia debe prevalecer para asegurar la estabilidad de las sociedades, con progreso, tolerancia y seguridad. Garantizar la paz social debe ser un propósito de todos, sobre todo en tiempos –como los actuales de turbulencia y tormentas.

Patricia Terán

Parlamentaria andina por Ecuador

3 Febrero, 2020